Hoy, en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, vimos a Su Majestad el Rey Don Felipe VI imponer a Su Majestad la Reina Madre Doña Sofía, la Insigne Orden del Toisón de Oro por «su dedicación y entrega al servicio de España y de la Corona», según reza el Real Decreto 1116/24, de 29 de octubre, publicado en el Boletín Oficial de Estado.
También han sido distinguidos el presidente del Gobierno, Felipe González, por «su dedicación y entrega al servicio de España, de la Corona y de la integración de nuestro país en Europa y en la comunidad internacional», además de Miquel Roca y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, ambos, «padres de la Constitución», lo han sido por «su dedicación y entrega al servicio de España y de la Corona, a través de sus esfuerzos para promover la convivencia y el ordenamiento constitucional».
Adolfo Suárez, Duque de Suárez, fue el otro presidente del Gobierno condecorado con esta Orden en 2007 por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I, por su dedicación y entrega al servicio de España y de la Corona, de manera especial en todo el periodo de la Transición.
La Insigne Orden del Toisón de Oro fue creada en 1430 por Felipe III el Bueno, Duque de Borgoña, con motivo de su boda con la princesa Isabel de Portugal. Su llegada a la Monarquía Española se produjo a través del matrimonio de Juana I de Castilla con Felipe de Habsburgo, Archiduque de Austria, en 1496. Tras el fallecimiento de Carlos II en 1700, la condecoración se dividió en dos ramas: la rama española bajo la nueva dinastía Borbón y la rama austriaca bajo la dinastía de los Habsburgo.
Es una de las condecoraciones más prestigiosas del mundo y la concede en exclusiva el Rey de España Don Felipe VI como XXII Jefe y Soberano de la Orden, mientras el Gobierno se limita a conocer la decisión real y ordenar su publicación en el Boletín Oficial del Estado como mero trámite administrativo.
La Orden que recibe su nombre del mito de «Jasón y los Argonautas», en busca del vellocino de oro, según la Odisea de Homero, leyenda troyana que gustaba a Felipe el Bueno y que simboliza la prosperidad y el heroísmo, se materializa en un collar de oro formado por eslabones en forma de «B» de Borgoña, entrelazadas y unidas por piedras centelleantes inflamadas de fuego esmaltadas en azul, con una frase en latín que dice: Ante feriti, quam flamma micet (Hiere antes de que se vea la llama).
Se refiere a la imagen del pedernal y el eslabón que aparecen en el collar de la orden y que, al golpearse, producen una chispa que prende la llama. La frase simboliza la acción rápida, decidida y anticipada, una virtud caballeresca que exalta la previsión y la eficacia antes de que el peligro se manifieste. Este lema acompaña a la Orden desde su creación en el siglo XV y refuerza los ideales de valentía, previsión y nobleza de espíritu que deben guiar a los miembros del Toisón de Oro.
La condecoración no es hereditaria ni transmisible. Cada ejemplar está numerado y debe ser devuelto a la muerte del titular, aunque algunos collares se han perdido según los herederos de los galardonados.
Al principio, la entrada en la Orden estaba vetada a las mujeres y a todos aquellos que no pertenecieran a la realeza o la nobleza. Los méritos para poder ser admitido eran ser fiel servidor del Rey, la Iglesia y los débiles, mientras que en la actualidad es un reconocimiento a la excelencia y, por supuesto, a los servicios prestados a España y a la Corona.
A pesar de esta rica y ancestral historia, como hemos visto hoy en el Palacio Real, la ceremonia de imposición del collar ha perdido, desgraciadamente, solemnidad y vistosidad con el paso del tiempo y por una mal entendida modernización de la liturgia monárquica, que ha hecho que un acto que se celebraba con un rico y significativo protocolo, haya quedado en una breve ceremonia en la que a los nuevos caballeros o damas no se les impone el collar, solo la insignia, devaluando en cierto modo la que está considerada una de las condecoraciones más prestigiosas del mundo.
